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Los huevos se pusieron a cincuenta chavos, pero tenemos la tercera mejor playa del mundo

por Aníbal Quiñones, Vicepresidente Creativo, McCann Puerto Rico

Anibal Quinones

Si algo me llevé de mis años en la Escuela de Comunicación Pública de la UIPI, es que es posible cambiar nuestro entorno con la comunicación. No me refiero a que si le digo convincentemente al hoyo en la carretera en el que caigo todos los días que se tape, buscará brea y pala y se auto rellenará. Pero sí, en que puedo provocar un cambio en la cultura que fomenta la aceptación del hoyo y promueve que lo esquivemos en vez de taparlo. El poder que tenemos los comunicadores y los medios masivos como transmisores de ideas y de opiniones nos da la obligación moral de ser muy cuidadosos con el lenguaje y articular claramente mensajes que nos muevan hacia una cultura que atienda las necesidades puntuales que enfrenta la sociedad. Este deber se ha cuestionado bastante en las redes sociales frente al marco de la crisis financiera que enfrenta Puerto Rico. La discusión se ha reducido a un enfrentamiento, en mi opinión simplista, de positivismo y negativismo. Y mientras el ganador de esa batalla se dilucida entre el post que más likes obtenga en Facebook, se nos va el país mientras construimos una cultura superficial, distraída y ajena a lo que verdaderamente nos debe importar como pueblo.

A un lado del discurso tenemos la retórica del “analista político”, tanto el de profesión como Díaz Olivo o Jay Fonseca, como el de esquina que fotutea parchos de titulares con más o menos igual gracia que La Taína. Aquí es donde abunda la prédica del desastre, el evangelio del apocalipsis y donde la noticia y el sensacionalismo se pierden en un tango. Para el bando de los optimistas, es el mensaje de los pesimistas el causante de la desesperanza en el pueblo. Según ellos el constante marroneo de “la cosa está mala” lleva al pueblo a perder las ganas de luchar, de seguir, de intentar nuevas cosas y, peor aún, de que la gente agarre sus motetes y se largue.

En el otro lado tenemos a los optimistas. Las personas que piensan que el país se puede arreglar con buenas noticias. Aquí tenemos de todo, desde la gente que se mueve a buscar una solución a su situación personal y terminan siendo el próximo video viral de Echar Pa’Lante, los que trabajan para darle una buena cara a la mala situación del país, como los movimientos de arte urbano que se hicieron famosos en Santurce, o lo que sencillamente buscan llenarte el feed de tus redes sociales de cuanta cosita te pueda hinchar el pecho, como que Playa Flamenco es la tercera mejor playa del mundo según Trip Advisor o que Carlos Correa bateó otro cuadrangular. Para el bando opositor, los optimistas carecen de profundidad, prefieren vivir en una burbuja alejada de los verdaderos problemas del país o se engañan con querer atender a un paciente en sala de operaciones con los instrumentos de un kit de primeros auxilios. 

Del lado de los optimistas hay algo muy positivo y son las acciones. A falta de buenas noticias que no se queden en algo chiquito, el grupo ha entendido que tiene que salir a provocarlas. El ataque que usualmente se le da a estas iniciativas es que una parte de ellas quedan en lo cosmético o que son secuestradas por individuos en busca de protagonismo.

Con los pesimistas son excelentes en analizar la situación y encontrar las posibles soluciones al problema. Los optimistas dirán que no ejecutan esas soluciones yse reducen a hablar. Otros que al no balancear sus discursos pierden la oportunidad de ser el cambio.

Ambos bandos tienen sus elementos positivos, que en mi opinión, podrían ser la clave para enderezar nuestra situación de país que cada vez luce más como el Costa Concordia. La clave radica en explotar el poder transformador del “odio positivo”.

Un ejemplo publicitario de este concepto es la campaña de Grrr para Honda en el Reino Unido. El concepto detrás de Grrr surgió de una anécdota sobre el jefe de diseño de motores de Honda, Kenichi Nagahiro. Nagahiro detestaba el ruido, el olor, y el aspecto de los motores diesel, y cuando se le asignó diseñar el primer motor diesel de la compañía, se negó rotundamente a no ser que se le permitiera empezar desde cero. La negación de Nagahiro a partir de lo último en la tecnología, del estándar, de lo que es probado y seguro es importante pues es lo que da paso a la transformación de lo ya existente. De haber admirado la tecnología del momento Nagahiro hubiese buscando como mantener los elementos funcionales haciendo cambios de acuerdo al producto que tenía que entregar. Esta motivación de “odio positivo” fue traducido a una canción y una campaña integrada por la conocida agencia Wieden+Kennedy. La campaña no solo logró que las ventas de Honda crecieran en Europa, sino que como pieza de comunicación se llevó todos los premios importantes de la industria, incluyendo el Grand Prix en Cannes.

El ejemplo de Nagahiro es importante porque puntualiza algo que usualmente  olvidamos en la discusión: el reconocimiento de lo malo. No es lo mismo que se hable mucho del problema a que se reconozca el problema. Recientemente el gobierno habló en público de las finanzas del país, acepto públicamente que gran parte de la deuda es impagable y dejó claro que nuestra situación es crítica. Aún así las acciones posteriores dejan claro que, más que el esperado reconocimiento, el anuncio fue parte de una estrategia mediática que no sirve de punta de lanza a un plan de cambio. De parte del resto del país tampoco se ha dado un reconocimiento pues un ciudadano que reconoce su país en quiebra no puede obviar la situación del vecino y reclamar que se mantengan privilegios como escoltas, que no se vuelvan a negociar convenios colectivos o que enviemos delegaciones a juegos olímpicos.

Antes de recibir el primer ataque por ese último ejemplo pongamos las cosas en perspectiva, por cada medalla que ganemos en los Panamericanos son millones de dólares que pudimos usar para salvar una vida en Centro Médico. No es lo mismo apoyar el deporte en el pueblo a apoyar el deporte profesional. Soy un gran fanático y me encanta ver a mis equipos, pero en un momento de crisis, reconozco la crisis y pongo el dinero en donde hace falta

También es importante recalcar que el reconocimiento de lo negativo no es motivo o razón por la falta de esperanza en el país. Tampoco es un impedimento para que exista un cambio o una acción positiva. Más que nunca necesitamos dejar de recitar estribillos de “Puerto Rico lo hace mejor” o llamarnos “La Isla Estrella” y reconocernos como un país quebrado. Tomen el ejemplo de un alcohólico. Todos los días el alcohólico debe comenzar su día diciendo: Mi nombre es Menganito Pérez y soy un alcohólico, sin importar que lleve 20 años sin tomar una gota de alcohol, pues el día en que no se reconozca como un alcohólico es el día que volverá a beber. Como pueblo debemos todos los días comenzar diciendo soy Fulano Quiñones y vivo en un país quebrado. Porque solo así seremos conscientes de regularnos y actuar como nuestra situación dicta y requiere.

Claro está ese reconocimiento tiene que acompañarse con una acción. Esa acción es personal, no de país. Muchas veces queremos hacer las cosas más grandes de lo que son. Eso es lo que crea desesperanza. El no entender como las cosas van a cambiar. El inmovilismo de esperar por estudios y nombrar comités per omnia saecula seculorum. Si yo mejoro mi situación y tú mejoras la tuya y el otro mejora la de él, esas acciones se van sumando y en consecuencia la del país. Aquí hay solo dos deberes: el del individuo a resolver su entorno y el del gobierno a facilitar que pueda hacerlo. Ojo que no es el gobierno que lo va a hacer, pero sí el que lo tiene que facilitar.

Lo que hablo no es nuevo en Puerto Rico. Luego del devastador paso del Huracán San Felipe Segundo en 1928 y el comienzo de la Gran Depresión de Estados Unidos en 1929, la pobreza rampante en la Isla donde la carestía de vida provocaba una verdadera crisis de corte humano, inspiró a un joven poeta y político a conjurar las palabras precisas que sirvieron para crear los discursos que propulsaron la cultura del Puerto Rico modernista. No me interesa pasar juicio sobre la obra de Muñoz Marín el político, más quisiera fijar la atención en Muñoz Marín el comunicador.  La genialidad de su discurso no radicó en pintar un cuadro hermoso de la campiña borincana, ni recitar de los loables atributos del corazón del jíbaro. El discurso muñocista se centró en recalcar la nefasta situación del país, subrayar claramente quién o cuál era el mal que había que vencer y dejar claro solo una vía de salida, la personal. A través de su discurso Muñoz Marín le dejaba claro una y otra vez al pueblo que es el pueblo mismo quién debe resolver su destino. 

Hoy tenemos un pueblo tan dependiente del gobierno como en el 1939 dependía de las grandes centrales azucareras. Nos va tan mal, que hasta el famoso dicho para decir que algo es muy caro queda obsoleto por la realidad. Quizás fuimos demasiado optimistas por mucho tiempo para ver las señales de que algo iba mal. Quizás nuestros intentos de levantar el ánimo y devolver esperanza al pueblo no son más que un intento frustrado de arraigarnos al pasado. Por más bienintencionadas que sean nuestras acciones, ¿de qué nos sirve amar y proteger algo que necesitamos odiar para poder cambiar? Pintando los edificios abandonados no quitamos el hecho de que nuestras urbes se han convertido en madrigueras y hospitalillos. Que nuestros boxeadores ganen un campeonato no quita que cientos de hombres jóvenes mueran en las calles consumidos por el mundo de la droga. Criticar al hermano que se va no te hace mejor persona o más puertorriqueño. Solo en el espacio gris entre el optimismo y el pesimismo encontraremos el espacio para pintar individualmente, cada cual con su color, la imagen que resulte en el génesis de otro Puerto Rico. Con ganas, uno mejor.